Hay historias que no terminan cuando se dejan de escribir sobre ellas. Hay movimientos que no desaparecen cuando las cámaras se apagan. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) es una de esas historias.
Apareció públicamente el 1 de enero de 1994, el mismo día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Mientras el gobierno mexicano celebraba su integración a la modernidad neoliberal, miles de indígenas armados salieron de la selva para decirle al país que no todos habían sido invitados a la fiesta.
En las décadas siguientes, el EZLN fue muchas cosas: guerrilla, movimiento social, fenómeno mediático, laboratorio político, símbolo de resistencia global. Pero sobre todo, fue y sigue siendo una comunidad de pueblos indígenas que decidieron que ya no querían ser invisibles.
Para entender al EZLN hay que entender México. Y para entender México hay que aceptar algo incómodo: este país fue construido sobre el despojo de sus pueblos originarios.
Desde la Conquista española en el siglo XVI, los indígenas fueron esclavizados, despojados de sus tierras, obligados a abandonar sus lenguas y sus dioses. La independencia de 1810 no cambió eso. El Estado mexicano, incluso bajo la bandera de la «nación mestiza», siguió tratando a los indígenas como ciudadanos de segunda clase.
La Revolución Mexicana (1910-1917) prometió tierra y justicia. Emiliano Zapata, el caudillo del sur, murió defendiendo esas promesas. Poco después, el Estado las traicionó. La reforma agraria fue incompleta, y en las zonas más remotas —como Chiapas, Oaxaca, Guerrero— la vida indígena siguió siendo una historia de pobreza extrema, trabajo forzado, marginación y racismo.
En Chiapas, estado del sureste mexicano, la situación era particularmente grave. En 1990, más del 50% de su población no tenía acceso a servicios básicos de salud, educación, electricidad o agua potable. Muchas comunidades vivían como en el siglo XIX: sin caminos, sin escuelas, sin hospitales, bajo el control de caciques y terratenientes que se comportaban como señores feudales.
En las décadas de 1980 y 1990, México atravesaba una transformación profunda. Tras la crisis de la deuda de 1982, el país abandonó gradualmente su modelo económico proteccionista y adoptó las recetas neoliberales: privatización de empresas públicas, reducción del gasto social, apertura comercial.
El momento culminante fue el TLCAN, firmado en 1992 por México, Estados Unidos y Canadá. Para el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari, el tratado significaba la entrada de México al «primer mundo». Para muchos indígenas y campesinos, significaba exactamente lo contrario: la entrada de subsidios agrícolas estadounidenses que destruirían sus cultivos, la privatización de tierras comunales, la entrega del país a las corporaciones transnacionales.
En 1992, el gobierno de Salinas decretó una reforma al artículo 27 de la Constitución Mexicana, que había garantizado la tierra a los campesinos desde la Revolución. Con esa reforma, la tierra ya no era un derecho. Era una mercancía. Para los indígenas de Chiapas, fue la confirmación de que el Estado no solo los había olvidado: ahora los estaba despojando de lo único que les quedaba.
La Selva Lacandona es uno de los últimos pulmones tropicales de México. En los años setenta y ochenta, el gobierno federal promovió la colonización de la selva, otorgando tierras a empresas madereras y a campesinos sin tierra de otras partes del país. Los pueblos indígenas —tseltales , tsotziles, cholos, tojolabales— fueron desplazados una vez más.
Pero en las zonas más remotas, donde el Estado no llegaba, algo empezó a gestarse. Jóvenes indígenas que habían emigrado a las ciudades y encontrado solo racismo y explotación regresaron a sus comunidades con preguntas. Estudiantes de las universidades públicas del centro del país fueron a las comunidades a «organizar». Algunos llegaron con libros de Marx. Otros con la Biblia Liberacionista. Todos encontraron algo que no esperaban: un pueblo que ya sabía resistir.
En noviembre de 1983, un pequeño grupo de militantes de origen urbano —liderados por un joven que más tarde sería conocido como subcomandante Marcos— llegó a la selva lacandona. Su idea era crear una organización armada de inspiración marxista-leninista que luchara contra el Estado.
Pero la selva les enseñó algo que ningún libro les había enseñado. Los indígenas no querían una revolución dirigida desde arriba. No querían que un partido les dijera qué hacer. Querían defender su tierra. Querían que los dejaran vivir. Querían dignidad.
Así, lo que empezó como una guerrilla de izquierda se transformó en algo distinto. A lo largo de una década, los militantes urbanos fueron absorbidos por las comunidades indígenas. Aprendieron sus lenguas. Comieron su comida. Durmieron en sus hamacas. Y, sobre todo, aprendieron a escuchar.
En 1993, el EZLN ya no era un grupo de cuadros armados dirigidos por intelectuales. Era un ejército de comunidades. Sus mandos eran indígenas. Sus decisiones se tomaban en asambleas. Y su objetivo ya no era tomar el poder para imponer un modelo, sino forzar al Estado a reconocer que existían.
La madrugada que cambió todo
El 1 de enero de 1994 amaneció diferente. Mientras en el resto del país algunos celebraban la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en las montañas del sureste mexicano miles de hombres y mujeres se levantaron antes del alba, tomaron sus armas —muchas de ellas de madera, otras de fuego— y salieron de sus comunidades con un propósito: tomar las ciudades.
San Cristóbal de Las Casas fue una de las primeras. Los zapatistas entraron sin encontrar resistencia. También cayeron Ocosingo, Las Margaritas y Altamirano. En el cuartel de Rancho Nuevo, sede de la 31ª Zona Militar, hubo enfrentamientos.
Pero el acto más simbólico no fue una toma militar. Fue una proclama. Desde algún lugar de la selva, el EZLN difundió la que sería conocida como la Primera Declaración de la Selva Lacandona.
«Somos producto de 500 años de lucha… pero llegó el día y llegó la hora. Ya basta».
El documento declaraba la guerra al Estado mexicano. No como un acto de venganza, sino como una respuesta a siglos de olvido. Las demandas eran concretas: trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia. Eran demandas que cualquier mexicano podía entender.
El portavoz del movimiento era un hombre enmascarado que se hacía llamar subcomandante Marcos. Su verdadera identidad era un misterio..
Nadie lo esperaba. Ni el gobierno federal, que se negaba a reconocer la existencia de guerrillas en México. Ni los analistas políticos, ocupados en celebrar el «primer mundo» al que el TLCAN supuestamente nos integraba. Ni la sociedad mexicana, que despertó aquel Año Nuevo con la noticia de que un ejército indígena acababa de declararle la guerra al país.
La coincidencia con el TLCAN no fue casual. Los zapatistas la habían planeado así. Mientras el gobierno festejaba su entrada en la modernidad neoliberal, ellos querían mostrar que, al mismo tiempo, había millones de mexicanos que la modernidad no los había tocado. Que había pueblos enteros que seguían viviendo como en el siglo XIX.
La reacción inicial fue de caos. En San Cristóbal, los turistas huyeron despavoridos. En la Ciudad de México, el presidente Salinas de Gortari interrumpió sus vacaciones y decretó el estado de emergencia. El Ejército Mexicano empezó a movilizarse hacia Chiapas.
Pero el EZLN lo que buscaban era un altavoz. Y lo consiguieron.
Durante doce días, del 1 al 12 de enero de 1994, Chiapas fue un campo de batalla. Los zapatistas resistieron en varios frentes. Hubo enfrentamientos en Ocosingo, en Rancho Nuevo, en diversos puntos de la selva. El Ejército Federal Mexicano respondió con fuerza: aviones, tanquetas, convoyes de hasta 20 vehículos blindados.
Pero la guerra no fue solo militar. Fue, sobre todo, mediática. El EZLN utilizó de manera innovadora los medios de comunicación e internet para difundir comunicados, entrevistas, declaraciones. Marcos, con su pasamontañas y su pipa, se convirtió en una figura mediática global. La imagen de un guerrillero indígena —o mestizo, nadie lo sabía a ciencia cierta— desafiando al poderoso Estado mexicano resonó en todo el mundo.
La sociedad civil mexicana reaccionó con una velocidad inesperada. Miles de personas salieron a las calles a exigir un alto al fuego. Intelectuales, artistas, religiosos, organizaciones de derechos humanos formaron un coro de protesta que el gobierno no pudo ignorar.
El 12 de enero de 1994, el gobierno federal decretó el alto al fuego. La presión nacional e internacional había funcionado. Pero lo que siguió no fue la paz. Fue una guerra de baja intensidad.
Durante los años siguientes, el Ejército Federal Mexicano mantuvo una presencia militar masiva en Chiapas. Patrullajes constantes, puestos de observación, campamentos en las cañadas. Los zapatistas no podían salir de sus comunidades sin ser vigilados. Las bases de apoyo vivieron bajo un estado de sitio permanente.
Pero el movimiento no se disolvió. Al contrario. El alto al fuego les dio algo que no tenían antes: visibilidad política.
Las Seis Declaraciones de la Selva Lacandona son los documentos más icónicos del zapatismo. Son, en esencia, los «mensajes al mundo» que el EZLN ha ido publicando desde su aparición pública.
La Primera Declaración, leída el mismo 1 de enero de 1994, es un documento de denuncia y un llamado a las armas. Habla de 500 años de resistencia indígena, de tierras robadas, de lenguas que se pierden. Pero también es un llamado a todos los mexicanos a unirse. Usaron la figura de Emiliano Zapata para decir que la lucha por la tierra y la dignidad no había terminado.
«Somos producto de 500 años de lucha… en primer lugar contra el colonialismo, en la guerra de Independencia encabezada por los insurgentes, luego por defender nuestra patria de la invasión del imperialismo yanqui… y después por promulgación de la legislación liberal y la farsa de la Constitución de 1857… luego contra la dictadura porfirista… y así sucesivamente hasta hoy».
Tras los primeros combates y el llamado nacional e internacional, los zapatistas se dieron cuenta de que mucha gente los apoyaba. La Segunda Declaración amplió el horizonte: no era solo un asunto de indígenas, era un asunto de todos. Campesinos, obreros, profesionales, estudiantes, artistas. Aquí empiezan a perfilar la idea de que el cambio no vendría solo de las armas, sino de la organización social.
Publicada mientras el Ejército Federal Mexicano intentaba capturar a la Comandancia del EZLN, esta declaración es un documento de resistencia. Dicen que no se rendirán, que no aceptarán soluciones a medias, y que seguirán exigiendo reconocimiento para los pueblos indígenas como sujetos de derecho. También empiezan a hablar de algo que les importa mucho: la democracia. No la de los partidos, sino la de abajo.
Aquí los zapatistas ya piensan en grande. Proponen la creación de un «Frente Zapatista de Liberación Nacional» y hablan de una nueva constitución que reconozca los derechos de los pueblos indígenas. También convocan al «Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo», un evento histórico donde activistas de todo el mundo se reunieron en la selva.
Esta declaración llega en un momento difícil. La guerra de baja intensidad estaba en su peor momento. El EZLN dice que, aunque no dejarán las armas completamente, su apuesta principal ahora es la resistencia civil y pacífica. Hablan de construir autonomía desde abajo: sus propias escuelas, sus propios hospitales, sus propias formas de gobierno. Es como decir: «Si el Estado no nos reconoce, nosotros nos reconocemos entre nosotros».
La más larga y quizás la más ambiciosa. Los zapatistas analizan lo que ha pasado en México y en el mundo: la globalización, los gobiernos de «izquierda» que terminaron siendo más de lo mismo, el neoliberalismo que sigue avanzando. Pero no se quedan en la queja: proponen construir desde abajo una alternativa. Aquí nace «La Otra Campaña»: una gira por todo México para escuchar a la gente común, no para pedir votos, sino para organizarse.
«Hemos decidido dejar de enviar comunicados, cartas, mensajes y proclamas al mal gobierno… Ahora vamos a escuchar y a hablar con los que se organizan, luchan y resisten».
En febrero de 1996, tras largas negociaciones, el gobierno federal y el EZLN firmaron los Acuerdos de San Andrés Larráinzar sobre Derechos y Cultura Indígena. Fueron el resultado de meses de diálogo, de discusión, de construcción conjunta. Los acuerdos reconocían principios fundamentales:
Por un momento, pareció que algo podía cambiar. Que el Estado mexicano estaba dispuesto a reconocer, por fin, que México es un país pluricultural y que los pueblos indígenas tienen derecho a gobernarse según sus propias normas. Pero fue una ilusión.
El gobierno de Ernesto Zedillo nunca cumplió los acuerdos. Cuando llegó al Congreso la propuesta de ley que daría rango constitucional a esos derechos, fue desfigurada hasta quedar en algo irreconocible. La llamada «Ley Zedillo» o «Ley Indígena» de 2001 fue rechazada por el propio EZLN y por amplios sectores indígenas del país. No reconocía la autonomía real. No garantizaba el control territorial. No respetaba los usos y costumbres.
En respuesta al incumplimiento, el EZLN organizó en marzo de 2001 la Marcha del Color de la Tierra. 23 comandantes zapatistas, encabezados por el subcomandante Marcos, salieron de la selva y recorrieron 12 estados de la República hasta llegar a la Ciudad de México. Fue una movilización histórica. Miles de personas los acompañaron en cada tramo. En la capital, el Zócalo se llenó como pocas veces en la historia.
Marcos, desde el templete, habló ante cientos de miles de personas. Pero el Congreso no los recibió en el recinto. Les ofrecieron una audiencia en un gimnasio aledaño. Los zapatistas se negaron. La dignidad, una vez más, pesó más que la conveniencia.
La ley indígena aprobada ese año fue, en palabras de los zapatistas, «una traición». Desde entonces, el EZLN declaró que no volvería a dialogar con el gobierno federal hasta que se cumplieran los Acuerdos de San Andrés.
Cuando el Estado no te reconoce, te reconoces.
Tras el fracaso de San Andrés, el EZLN tomó una decisión que definiría su historia posterior: si el Estado no les daba autonomía, ellos la construirían. Sin permiso. Sin reconocimiento legal. Con las propias manos.
En 1994, poco después del levantamiento, habían creado el primer Aguascalientes en Guadalupe Tepeyac. Era un centro cultural, político, social e ideológico. Pero tras la ofensiva militar de Ernesto Zedillo en febrero de 1995 —cuando el Ejército intentó capturar a la Comandancia y desmanteló el Aguascalientes original— los zapatistas reaccionaron de una manera que nadie esperaba: multiplicaron los Aguascalientes. En ese mismo año de 1994, declararon que se construirían cinco más.
Los zapatistas empezaron a crear sus propios municipios autónomos, cada uno con nombre de algún héroe o mártir del movimiento:
Cada municipio tenía sus propias autoridades elegidas en asamblea. No eran impuestas. No eran compradas. Eran «mandar obedeciendo»: la máxima autoridad zapatista que significa que la verdad está en el pueblo, y quien gobierna solo lo hace cumpliendo lo que el pueblo decide.
En agosto de 2003, el EZLN dio un paso más: creó las Juntas de Buen Gobierno. Eran instancias de coordinación regional que agrupaban varios municipios autónomos. Se instalaron cinco Juntas, una en cada Caracol —así llamaron a los centros de gobierno autónomo—.
Las condiciones iniciales eran de una pobreza absoluta. Un testigo describe cómo, en una de las Juntas, el pueblo hizo entrega a las nuevas autoridades de «una mesa y dos sillas». Ese fue todo el mobiliario. Más tarde, alguien donó «una maquinita de las más antiguas». Con eso empezaron. Y asi empezaron.
En 2013, el EZLN organizó una serie de encuentros internos que llamaron «la compartición». Las bases de apoyo de todos los caracoles se reunieron para evaluar sus trabajos, intercambiar experiencias, criticarse y autocriticarse. De esas reuniones salieron testimonios reveladores sobre cómo funciona la autonomía en la práctica.
Un compañero de la zona de La Garrucha explicó:
«La forma que estamos trabajando es no separarse del pueblo. Así como siempre hacemos en cuestiones de hablando de reglamentos o de planes de actividades, de trabajos, tiene que llegar la información al pueblo, tiene que estar presente las autoridades en los planes, en hacer las propuestas».
Otra compañera contó cómo resolvieron el problema del alcoholismo:
«Tomaban a escondidas. Nosotros no lo castigábamos. Tenemos la comisión de ancianos, ésos son los encargados de decirle por qué está haciendo eso, se le explicaba qué es el daño que se está provocando en sí mismo. Entonces quienes obedecen prácticamente van a seguir y quienes no, pues se van».
No hay cárceles. Hay palabra. No hay policía. Hay comunidad.
En territorio zapatista, las escuelas (semillita del sol) no enseñan lo mismo que en las escuelas del gobierno. Enseñan la historia de los pueblos indígenas, las ciencias necesarias para cultivar la tierra sin destruirla, las lenguas originarias. Los niños aprenden a leer en tsotzil, en tseltal, en tojolabal.
En los hospitales y clínicas autónomas —construidos con donativos de solidaridad nacional e internacional— atienden a quien llegue, zapatista o no. Los propios zapatistas cuentan, con una mezcla de orgullo y tristeza, que «los indígenas priístas van a nuestros hospitales porque en los del gobierno no hay medicinas, ni aparatos, ni doctores».
La justicia funciona de otra manera. Los conflictos se resuelven en asambleas. No hay abogados. No hay jueces profesionales. Hay ancianos y ancianas que conocen los usos y costumbres. Hay tiempos para hablar, para escuchar, para llegar a acuerdos.
La Sexta Declaración de la Selva Lacandona, publicada en junio de 2005, marcó un punto de inflexión. Los zapatistas analizaron el panorama político mexicano y concluyeron que los partidos políticos, incluidos los de izquierda, no representaban una salida real. Que la democracia electoral era una farsa. Que el neoliberalismo seguía avanzando con distintos rostros.
Pero en lugar de rendirse, propusieron algo distinto: La Otra Campaña. No sería una campaña electoral. Sería una gira por todo México para escuchar a la gente común, a los de abajo, a los que nadie escucha. No para pedir votos. Para organizarse.
Marcos, ahora acompañado por un grupo de comandantes indígenas, recorrió el país de norte a sur. En cada parada, escuchaba. No imponía. No dirigía. Aprendía.
A partir de 2006, el EZLN fue perdiendo espacio mediático. Los grandes medios de comunicación, que en 1994 habían cubierto cada comunicado, cada aparición, cada palabra de Marcos, ahora callaban. Primero con calumnias. Después con silencio cómplice.
Hubo quienes apostaron a que los zapatistas solo existían mediáticamente. Que, sin cámaras, sin micrófonos, sin portadas, desaparecerían. Se equivocaron.
En esos años de silencio mediático, las comunidades zapatistas siguieron construyendo. Mejoraron sus viviendas sin lastimar la naturaleza. Convirtieron tierras que antes engordaban el ganado de finqueros en parcelas de maíz, frijol y verduras. Sus niños siguieron yendo a la escuela. Sus mujeres dejaron de ser vendidas como mercancía.
Mientras el gobierno de Chiapas sumía al pueblo en la miseria y usaba policías y paramilitares para tratar de frenar el avance organizativo zapatista, en territorio autónomo florecía —con dificultades, con errores, con muchísimos obstáculos— otra forma de vida.
El 21 de diciembre de 2012, mientras el mundo se ocupaba de teorías apocalípticas mayas, el EZLN realizó algo que nadie anticipó. En horas de la madrugada, decenas de miles de indígenas zapatistas se movilizaron y tomaron, pacífica y en silencio, cinco cabeceras municipales en Chiapas: Palenque, Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo y San Cristóbal de Las Casas.
No hubo un solo disparo. No hubo destrozos. No hubo muertos.
Los zapatistas entraron a las ciudades, se miraron con los habitantes, y se fueron. Su mensaje era claro: «Si ellos nunca se fueron, tampoco nosotros».
Era una respuesta al golpe de Estado mediático que había encumbrado en el poder a Enrique Peña Nieto. Era una forma de decir: llevamos 19 años resistiendo, y aquí seguimos.
En mayo de 2014, la comunidad zapatista de La Realidad sufrió un ataque paramilitar. Murió el maestro zapatista José Luis Solís López, conocido como Galeano. El EZLN respondió con una movilización masiva y, en un gesto simbólico de enorme trascendencia, el subcomandante Marcos anunció que dejaba de existir como tal.
En un comunicado titulado «Entre la luz y la sombra», Marcos explicó que su personaje había sido creado por la necesidad mediática de darle rostro a un movimiento que no lo tenía. Que su figura se había convertido en un estorbo, en una distracción. Que era hora de que hablaran los verdaderos protagonistas: las bases de apoyo indígenas.
Marcos se convirtió entonces en subcomandante Galeano, tomando el nombre del compañero caído. Fue, en palabras de muchos, el acto de humildad más grande de un líder que se negó a ser líder.
A más de tres décadas del levantamiento, el EZLN sigue existiendo. No como una guerrilla clásica. No como un partido político. Sigue siendo lo que siempre fue: un movimiento de comunidades indígenas que decidieron no rendirse.
Sus cinco Caracoles —Oventik, Morelia, La Garrucha, Roberto Barrios, La Realidad— siguen funcionando como centros de gobierno autónomo. Sus Juntas de Buen Gobierno siguen atendiendo a quien llega. Sus escuelas siguen abiertas. Sus cultivos siguen creciendo.
Han surgido otras voces. El subcomandante Moisés, ahora junto con Galeano, ha tomado un rol más visible. Han retomado el contacto con la Sexta Declaración y el Congreso Nacional Indígena. Han intentado construir puentes hacia otros movimientos sociales, no para dirigirlos, sino para aprender de ellos.
Hay algo que los documentos no pueden capturar del todo. Algo que solo se entiende cuando caminas por esas comunidades, cuando escuchas a una anciana tzotzil hablar de cómo aprendió a leer a los sesenta años, cuando ves a un grupo de niños zapatistas jugar futbol con una pelota hecha de trapos, cuando alguien te ofrece un pozol y te mira a los ojos sin pedirte nada a cambio.
El EZLN no ganó la guerra. No tomó el poder. No firmó la paz con honores. Pero tampoco perdió. Porque nunca estuvo jugando ese juego.
Lo que el EZLN construyó —lo que sigue construyendo— es algo más raro y más difícil: una prueba de que otra forma de vivir es posible. No perfecta. No utópica. Llena de contradicciones, de dificultades, de errores. Pero real.
Cuando el subcomandante Marcos dijo que la dignidad es patrimonio de los más pequeños, no estaba hablando de retórica. Estaba describiendo algo que había visto en las comunidades que lo adoptaron como uno más. Que lo alimentaron cuando no tenían para sí. Que lo protegieron cuando el Ejército lo buscaba. Que lo educaron en una forma de entender el mundo que ninguna universidad le había enseñado.
El legado del EZLN no está en los museos. Está en las escuelas autónomas donde los niños aprenden su propia historia. Está en los hospitales donde atienden a quien llegue. Está en las asambleas donde una mujer indígena puede decirle a un comandante que se equivoca, y el comandante tiene que escuchar.
El zapatismo es un movimiento vivo. Lo que aquí escribi es solo una aproximación a una historia que continúa escribiéndose cada día en las montañas del Sureste Mexicano.
«La dignidad aún vive en el mundo y se presenta con más fuerza en sus habitantes más empobrecidos».
Hasta la Victoria.
Tan tan …
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